Gran giro geopolítico, transición hacia un orden bipolar, potencia nacional en «búsqueda de un lenguaje» ante el recrudecimiento de las tensiones conflictivas… etc. Estos conceptos circulan hoy en día por la comunidad estratégica, en Francia y en otros lugares, y crean una atmósfera confusa, teñida a la vez de emulación intelectual, de cacofonía conceptual y de una confesión disimulada de impotencia, al menos en Europa. ¿No sería el impulso colectivo invocado para no quedarse al margen de los asuntos globales también una forma de eludir la aceptación de dejar que el mundo se deslice en manos de las grandes potencias?
Esta situación, en la que se habla tanto de las correlaciones de fuerza y en la que tan pocas acciones y palancas efectivas parecen tener influencia sobre un mundo en transformación, es característica de la confusión actual. Ya se ha vivido en el pasado. En la Antigüedad, durante las guerras de Troya que hicieron imperceptible un acontecimiento mayor más allá de los enfrentamientos generalizados, a saber la constitución del imperio grecorromano a partir del año 750 a. C. En el siglo XVI, cuando la Gran Armada española, que zarpó para destronar a Inglaterra, asestó para la sorpresa de todos un golpe de espada en el mar y provocó a cambio una contraofensiva inglesa y su posterior proyección como talasocracia. Entre los siglos XVI y XVIII, durante la expansión colonial europea, que dejó a las sociedades conquistadas en la sumisión y la desorientación. En 1914, con el inicio del nuevo capítulo de violencia globalizada de la Gran Guerra y en Francia, en 1940, durante la «extraña derrota» ante el avance del Tercer Reich.
En estas circunstancias tan distantes entre sí, los enfoques clásicos sobre las relaciones de poder resultaron estar en total desfasaje con el curso de los acontecimientos. Para comprender tal anacronismo, es necesario ir más allá de lo que conocemos relativamente bien en los ámbitos de la guerra militar, económica o cognitiva, y situarnos en un terreno estratégico que permanece curiosamente vacío, a pesar de que ha sido ocupado estratégicamente desde hace cinco milenios. El de la inversión de la realidad o, si se prefiere el de la alteración del razonamiento que se refiere a la naturaleza misma de los enfrentamientos en presencia. Invertir la realidad significa trastocar la base ontológica y fenomenológica que permite a una sociedad aprehender mentalmente su entorno real. La metáfora del síndrome de la farola ayuda a explicar este mecanismo desde otro ángulo. La luz proyectada localmente sobre el espacio define el perímetro en torno al cual se puede encontrar espontáneamente un objeto perdido, o más abstractamente las soluciones que habría que concebir para responder a un desafío. Entonces, ¿qué sucede cuando el razonamiento se ve alterado en su origen y cuando la luz proyectada fija la atención en un terreno que guía la mirada en una dirección equivocada?
El choque de voluntades y las fricciones inherentes a las interdependencias constituyen hoy en día el alfa y el omega de las concepciones en materia de relaciones internacionales y poder nacional. Sin lucha, no hay modificación de las correlaciones de fuerza, y por lo tanto no hay inserción proactiva en el concierto de las naciones. Sin preparación para el choque, no hay palancas mentales y metodológicas para hacer valer la propia voluntad, y por lo tanto no hay existencia como potencia. Estas dos afirmaciones son evidentes, pero pueden resultar paradójicamente inadecuadas para los contextos en los que se desarrollan las relaciones de poder. Este tipo de desfasamiento es resultado de la alteración fenomenológica a la que está sometida la sociedad y de su incapacidad para visualizar la extensión vertical de los estratos estratégicos en los que evoluciona. Al hacerlo, una nación puede permanecer sucesivamente en la incomprensión, en una especie de estado perpetuo de exploración de la complejidad estratégica que la rodea (lo cual equivale a lo anterior), en la imposibilidad de identificar a sus verdaderos enemigos y de situar el combate que realmente se libra. Salir de tal impasse implica menos un rearmamiento mental o un resurgimiento de la combatividad que el discernimiento de la naturaleza del entorno conflictivo.
Dos casos concretos ilustran este razonamiento, entre muchos otros: la guerra entre Rusia y Ucrania y la Unión Europa.
Como admitió en 2000 y 2018 Richard Dearlove, exdirector del MI6 británico, Vladimir Putin fue entrenado por los servicios de inteligencia ingleses y luego impulsado al poder con la ayuda de ésta en 1998-1999, tras diez años de turbulencias posteriores al colapso soviético. Anteriormente, los servicios de inteligencia creados por Lenin tras la Revolución bolchevique de 1917, y más tarde el KGB soviético, se constituyeron bajo la tutela del poder británico1. La Unión Soviética se presentó luego, desde la Guerra Fría, como un enemigo aparente del bloque capitalista, cuando en realidad era un aliado perturbador, moldeado a propósito por Londres y Washington para polarizar el tablero geopolítico, y todos los países europeos siguieron el juego a esta maniobra. Recientemente se puede observar una misma genealogía tutelar en la estructura del Estado ucraniano. En estas condiciones, la guerra en Ucrania, iniciada oficialmente en febrero de 2022, no es un verdadero conflicto interestatal, sino un conflicto provocado en concertación con las élites de las tres potencias, cuyos objetivos no responden a un choque de voluntades maniqueo entre Rusia y Ucrania. El giro ontológico de este entramado conflictivo ha dado lugar a un sesgo perceptivo total del conflicto, lo que impide cualquier reacción adecuada y sumerge a los estados mayores en un constante belicismo.
La Unión Europea, por su parte, encarna un proyecto de paz nacido de las cenizas del fascismo y de la preocupación estratégica ante la primacía norteamericana. El Tratado de Roma de 1957 fue precedido por la Comunidad Económica Europea, inspirada en un documento homónimo (Europäische Wirtschaftsgemeinschaft) publicado por la Alemania nazi en 1942, en el que el economista Walther Funk afirmaba que el antiguo sistema liberal solo podía ser desmantelado mediante la guerra. Anteriormente, la conferencia de Volta de 1932 ya había definido las grandes líneas de la integración europea, sin esperar a las dos grandes guerras mundiales. El proyecto europeo consistía en forzar un acercamiento no político ni militar, sino ante todo económico, basado en el tipo de control aplicado a partir de 1924 a la banca alemana (plan Dawes). Este mecanismo se convirtió primero en el principio funcional del Bundesbank, luego en el del Banco Central Europeo, antes de imponerse finalmente a escala mundial (gracias a la acción del BPI). El modelo aplicado a Europa ratificó así un enfoque de gobernanza a través de la economía2, ni abiertamente capitalista ni socialista, pero que abarcaba una nueva función de control político centralizado. La dimensión ética se sumó posteriormente a la capa económica para orientar la arquitectura (medio ambiente, sostenibilidad, paz), contribuyendo todo ello, en última instancia, a la agenda de desindustrialización que se observa hoy en día en el ámbito europeo.
En ambos casos, la intención estratégica principal permanece en lo no pensado, mientras que las percepciones se cristalizan en los ámbitos reconocidos por la gramática tradicional de las relaciones internacionales. El conflicto puede incluso constituir un cebo y un señuelo. Cuando se suman los terrenos estructurales en los que se despliegan tales enfoques de inversión fenomenológica, podemos llegar a la siguiente conclusión. No sirve luchar si no se comprende la guerra. Los propios contornos de la guerra y de las correlaciones de fuerza han sido trazados históricamente por actores que utilizan el conflicto, ante todo, como un medio de ingeniería geopolítica y social, no como un medio para aumentar nominalmente su potencia. En este sentido, exhortar a la lucha y perseguir a los adversarios equivocándose doblemente sobre su naturaleza estratégica e histórica equivale a librar combates no solo inútiles, sino que eventualmente benefician a estos actores. No hay nada nuevo en esta trágica contradicción para el observador que contempla sin anteojeras el curso de la historia. Esta capacidad de invertir las realidades se inició ya en el primer imperio, el de Babilonia. Cinco mil años después, la elección sigue planteándose para quienes se encuentran sumidos en la misma confusión estratégica: dudar, cuestionar y profundizar, o bien declinar y sufrir.
- Un colega de un servicio de inteligencia en América Latina me solicitó en junio de 2026 para proporcionar fuentes que permitieran verificar este razonamiento. He aquí un resumen gráfico.
- L’Europa https://substack.com/@escapekey/p-200622354






