Ponencia presentada en el marco del IV Congreso Latinoamericano de Estudios Chinos (Argentina) – Agosto 2026.
Introducción
Después de 1979, la relación entre China y Estados Unidos siguió el rumbo de una cooperación a veces denominada “simbiótica1”. A partir de los años 2000, esta cooperación dio lugar a un mayor desacoplamiento y competición. Pekín y Washington fueron confrontándose en los campos cognitivo, normativo, comercial, económico y mediático, según distintas modalidades e intensidades. Sin embargo, un análisis más profundo revela que la sintonía entre ambas potencias sigue totalmente vigente en la actualidad y remite a una estructura que va mucho más allá de lo que la literatura geopolítica e histórica ha registrado. En efecto, desde 1911, China pasó a ser un imperio derrocado y subordinado al establishment euroatlántico. Esta subordinación, consustancial al nacimiento de la primera República China, se mantuvo en silencio y se convirtió en una estrategia dialéctica, es decir en una agenda con una doble lógica que combinó, por un lado, un flujo de fricciones de carácter más o menos superficial con los rivales occidentales y, por otro, un alineamiento estructural del aparato chino con la agenda angloamericana. En el fondo, esta dualidad constituye el eje medular de una gran estrategia geopolítica. Anuncia una nueva fase de unipolarismo ofensivo y, paradójicamente, constituye un objeto estratégico “no identificado” en la medida en que no está estudiado y escapa permanentemente a las percepciones.
Las dicotomías a la vista
El sistema internacional contemporáneo se asienta en pilares cognitivos y normativos esenciales para establecer cualquier estructura de gobernanza. La propia noción de orden global ha sido objeto de una constante producción ideológica para legitimar un poder capaz de actuar en el escenario internacional. Después de 1945, la Pax americana o el Nuevo orden global fueron cimientos fundamentales para orientar el panorama global. En paralelo, a partir de los años noventa, el “desarrollo sostenible” se sumó a estas narrativas, tras décadas de proselitismo en las instancias multilaterales. En 2008, la noción de “capitalismo inclusivo” surgió a raíz de la crisis financiera con el objetivo de renovar el marco de referencia del desarrollo liberal.
China, por su parte, introdujo el concepto de “comunidad de destino común” a partir del año 2008, en consonancia con su nuevo papel de potencia global. Esta noción surgió junto con la aspiración de construir un “mundo multipolar”, alternativo a la hegemonía occidental y a la “unipolaridad” ejercida por un club selectivo de países (G7). Estos conceptos fueron acompañados además con la idea de “civilización ecológica”, compatible con la noción de sostenibilidad, para finalmente dar lugar a distintas iniciativas de proyección global en las áreas temáticas del desarrollo (Rutas de la Seda), la seguridad (GSI) y la gobernanza. Cabe señalar que la Unión Europea también se posiciona en esta proyección, haciendo énfasis en una proyección normativa, ambiental y geoeconómica.
En este campo narrativo, China se posiciona por lo tanto como una alternativa al monopolio de poder construido por el eje occidental liberal. En las esferas política y geoeconómica, Pekín y Washington activaron un nuevo ciclo de tensiones tras el periodo de normalización posterior a la Guerra Fría (guerra de Corea, guerra de Vietnam) y la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001. Una importante disputa comercial fue iniciada por el primer gobierno de Donald Trump a partir de 2017 mediante barreras arancelarias, restricciones tecnológicas (Huawei, semiconductores) y otras sanciones. China fue designada oficialmente por Washington como un competidor estratégico, dando lugar a un esfuerzo de contención que continuó durante el gobierno demócrata de Joe Biden y se acentuó en el actual mandato republicano.
Las contradicciones en la matriz política y económica
Ahora bien, un análisis más profundo de la relación entre China y sus contrincantes euroatlánticos revela una realidad que contrasta con lo anterior. Cinco grandes grupos de evidencias revelan una relación de dependencia estructural de China respecto a los centros de decisión anglosajones.
El primer grupo de pruebas está relacionado con la naturaleza de la formación de las repúblicas chinas. La creación de la primera República de China en 1912 fue precipitada por el derrocamiento de la dinastía Qing en 1911 a manos de las Tríadas. Éstas, junto con otras entidades criminales como los Hakkas, se constituyeron durante el siglo XIX como un brazo paramilitar de Londres y el instrumento de distribución de opiáceos orquestado por el ex primer ministro británico Lord Palmerston, descendiente de las altas dinastías británicas. El objetivo de esta ingeniería subversiva, encubierta por el velo ideológico del libre comercio2, fue socavar la unidad tradicional de China mediante la adicción a las drogas a gran escala (iniciada en China desde 1715), en combinación con una presión bélica ejercida con el apoyo de Francia sobre los puertos chinos. Sun Yat-sen, formado por los británicos James Cantlie y Patrick Manson3, encabezó el movimiento para derrocar a la dinastía Qing y sentó las bases de la primera república china en 1912, con raíces ideológicas moldeadas en Londres. Luego, en 1921, Chen Duxiu, Zhang Shenfu y Li Dazhao crearon el Partido Comunista Chino con la influencia de algunos referentes de la Komintern y del británico Bertrand Russell. Este último, adepto de la filosofía dialéctica que Moses Hess concibió y transmitió a Marx y Engels, fue también el mentor de Mao Zedong y Zhou Enlai en la Universidad de Yale de Pekín. Este enfoque dialéctico, funcional al orden buscado por el imperialismo euroatlántico, radicaba en la creación de polos antagonistas de poder para reconfigurar la realidad y ocultar una arquitectura de dominación. La vigencia del mismo esquema dialéctico en la actualidad tiende a demostrar que las élites chinas4 siguen estando en la órbita de Londres y Washington.
El segundo conjunto de evidencias está relacionado con el entramado institucional que une China con Londres y Washington. Cinco organizaciones en China sirven de correa de transmisión para supervisar a sus élites y dirigir políticamente del “Imperio del Medio”. En efecto, el Instituto Popular Chino de Relaciones Exteriores (CPIFA), la Asociación China para el Contacto Internacional Amigable (CAIFC), el Instituto de Estudios Internacionales de Shanghái (SIIS), y la Academia China de Ciencias Sociales (CASS) se encargan de la formación y el encuadre de las élites chinas, bajo la supervisión de dos entidades angloamericanas: el Instituto Real de Asuntos Internacionales (RIIA o Chatham House) en Londres y el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) en los Estados Unidos. El CPIFA, creado en 1949, es la organización con mayor jerarquía. Se presenta públicamente como una herramienta del Ministerio de Relaciones Exteriores y forma a expertos académicos, políticos y figuras diplomáticas destacadas, así como también a empresarios según un flujo de actividades relativamente visible5. Chatham House fija así las pautas de la política china y la del Partido Comunista. En paralelo en 1972, poco antes de la modernización de Deng Xiaoping, Londres había impulsado el Comité Gran Bretaña-China (GBCC) con la idea apenas disimulada de hacer de China un actor global: “con el tiempo, los chinos se convertirán en una gran potencia. Debemos esperar que, en ese proceso, adquieran la responsabilidad propia de una gran potencia frente al resto del mundo. Su concepción del tiempo es diferente a la nuestra. No debemos olvidar el antiguo dicho chino que afirma que los primeros cien años de cada nueva dinastía son los peores6”.
El tercer y el cuarto conjunto están relacionados con las Rutas de la Seda (BRI) y la creación de la alianza de los BRICS. El concepto de la Nueva Ruta de la Seda, que se hizo operativo a partir el año 2013, se concibió intelectualmente en el marco de la Comisión Trilateral, y luego fue esbozado por Zbigniew Brzezinski en la misma época en la que se estimuló la construcción de China como potencia industrial. La dupla norteamericana formada por Richard Nixon y Henry Kissinger implementó una política encubierta para impulsar el surgimiento del modelo de Deng Xiaoping, mediante la transferencia de tecnologías, la estructuración de su industria y la inserción en la Organización Mundial del Comercio. En este sentido, los altos cuadros chinos reconocen ellos mismos7 que la alianza BRICS, formalmente iniciada en 2009, fue una iniciativa de James O’Neill quien fue el presidente de Chatham House entre 2018 y 2021. En términos financieros, desde el año de su creación en 2013, la industria global y los grandes bancos anglosajones financiaron el proyecto de la Ruta de la Seda por un valor cercano a 10 billones8 de dólares, sin contar la participación de los bancos chinos.
El quinto conjunto de evidencias tiene que ver con los niveles actuales de colaboración entre Pekín y Washington en materia de investigación y desarrollo de tecnologías críticas. En la última década, cerca de 46.000 artículos científicos9 fueron coescritos por Pekín y Washington sobre el tema de la inteligencia artificial, mientras que los unicornios de la Silicon Valley van cooperando directamente con sus homólogos en China10. Otros informes recientes11 señalan que los fondos federales de investigación de Estados Unidos contribuyeron a hacer progresar las metas estratégicas de la China, en particular en materia de tecnologías de los sectores del armamento, la inteligencia artificial, la energía nuclear y los semiconductores. Esta cooperación, mantenida bajo el radar y muchas veces tachada de logros de infiltración o espionaje chino, tiene un paralelismo con la convergencia conceptual observable en materia de enfoques de desarrollo.
Falsa dicotomía
Estos datos fácticos reflejan una realidad estratégica muy distinta a la que está habitualmente se presenta en los círculos gubernamentales y académicos. Los niveles de cooperación con Pekín están muy lejos de limitarse a intereses mutuos o sinergias beneficiosas. Tuvieron que ver con la voluntad de hacer de China una potencia geopolítica, lo que supuso una etapa previa de asedio encubierto de sus élites. En este sentido, China, y el marco ideológico de su dirigencia, no forman una nación auténticamente soberana y contrahegemónica, sino una potencia avasallada que cumple un papel de polarización contestataria respecto al orden liberal y de edificación de un nuevo polo geoeconómico de poder. Lo que se conoce desde hace dos décadas como la migración del centro de gravedad geoestratégico hacia el este asiático surge, por lo tanto, como un movimiento deliberadamente acelerado desde los años setenta, principalmente por el establishment angloamericano, con el acompañamiento de las demás élites euroatlánticas. Lógicamente, la contrapartida de este empuje colectivo a China tiene como consecuencia la reducción de la industrialización de otros países anteriormente desarrollados (Europa) o en proceso de desarrollo. El reordenamiento del sistema monetario (desdolarización, caída del petrodólar, crisis financiera en curso) forma parte de este giro deliberado. En este contexto, la fabricación de China y del arco occidental como dos bloques rivales recubre un carácter no espontáneo, sino artificial y teleológico. Es decir que las correlaciones de fuerza, que surgen según fases y niveles de confrontación siempre variados, son orquestadas por el hegemón británico desde el año bisagra de 1911, año en el que la modernización china fue instrumentalizada para subyugar a las élites nacionales.
Esta dinámica establece permanentemente una falsa dicotomía, es decir una compartimentación entre una imagen deformada y reificada del tablero y la agenda real de las potencias. Esta dicotomía fragmenta las percepciones y las categorías conceptuales, por lo que impide discernir la naturaleza del juego estratégico. Es amplificada por los aparatos de influencia y de propaganda de cada bloque. Estos últimos resignifican la dependencia mutua como “cooperación simbiótica” o “pragmatismo virtuoso”, limitan el acceso al espesor histórico de estas entidades y describen a las dos potencias como rivales sistémicos, amparándose en el enfoque realista de las relaciones internacionales. El sustrato ideológico forma plenamente parte de esta compartimentación controlada, ya que el campo socialista, al menos el que se interiorizó en China (y en Rusia), se nutrió de las fuentes ontológicas de su rival anglosajón.
Una de las consecuencias de este enroque es que la inmensa mayoría de los actores que gravitan en el ámbito de la inteligencia estratégica y económica, aunque entienden ciertas dimensiones del combate cognitivo, no logran entender este entramado e interpretan las fricciones visibles como si fuesen una expresión fidedigna de la realidad geopolítica. Esta desorientación los sitúa fuera de la puja estratégica real y perpetúa además la contención mental diseñada por los arquitectos del dispositivo.
Geometría dialéctica
El desacoplamiento deliberado entre la superficie perceptiva y la agenda estructural seguida por las tres potencias es inherente al esquema dialéctico. En esta configuración, las contradicciones que aparecen en superficie se interpretan como un elemento intrínseco de la conflictividad contemporánea. Tanto el marxismo, como el maoísmo y los promotores del capitalismo liberal naturalizaron este pensamiento materialista. Sin embargo, en el fondo constituyen el eje medular de una designio de transformación del tablero global a largo plazo que involucra a las potencias mencionadas e implica un determinado tipo de predominio geopolítico en el que Pekín, Londres y Washington trabajan de forma orgánica y jerarquizada. Taiwán se suma a este juego y constituye un pseudoenemigo de China. En este juego tripartito, Londres cumple la función de arbitraje, por encima de los Estados Unidos, cuyo aparato se encuentra también bajo la órbita de Londres (no podremos ahondar aquí en este punto). Tal arquitectura supone naturalmente una alta capacidad de subversión y de coerción de las entidades nacionales, particularmente de sus élites.
El arte dialéctico se basa principalmente en la introducción de fragmentaciones en todos los estratos del escenario estratégico. La capa cognitiva tiñe a Pekín y Washington de rival sistémico o de socio geoestratégico según los enfoques, mientras las fricciones se desarrollan en los terrenos narrativo, tecnológico, económico y eventualmente militar. Es decir que China no fue diseñada como polo antagónico real al bloque liberal, ni para ganar una batalla ideológica o geoeconómica sobre sus adversarios. Mediante la cultura comunista, su sustrato identitario e ideológico selló una variante estatal-socialista que conduce a un mismo monopolio del poder mediante el esquema dialéctico. En este panorama, es importante recalcar que la conflictividad inyectada no es solo un componente accesorio. Es un mecanismo prioritario para tensionar deliberadamente las relaciones entre Estados y recurrir a la violencia organizada como vector privilegiado de transformación de la realidad. La revolución Xinhai de 1911 y la Revolución Cultural maoísta son ejemplos de esta modalidad aplicada a nivel interno.
Convergencia unipolar
Esta perspectiva desborda en principio el marco estricto de nuestro análisis, pero la considerable importancia de la relación sino-americana autoriza a extraer ciertas conclusiones en este sentido. De entrada, los elementos expuestos impiden concluir que el orden global camina de forma irreversible hacia un orden multipolar y fragmentado debido a una redistribución de poder. Es cierto que el contexto que describimos exhibe dinámicas que fragmentan la Pax americana anterior. Pero éstas no son el resultado de un surgimiento espontáneo de las potencias que ahora tendrían mayores márgenes de maniobra. Son ante todo el producto de una fragmentación administrada del escenario internacional, al menos en el caso de China, de los Estados Unidos y de sus respectivos aliados. Esta fragmentación se combina con la inoculación de una creciente conflictividad, a la que se suman múltiples riesgos y dinámicas de desestabilización.
Desde su misma concepción, la agenda dialéctica trabaja entonces para opacar una agenda estratégica que no sigue el mismo patrón de compartimentación. Varios elementos revelan una convergencia entre la agenda de cada campo. Los estados que se pasaron al capitalismo socializante durante el siglo pasado han mantenido un nivel de control estatal y de adhesión a los acuerdos globales sobre el clima y el desarrollo (Agenda 2030, ODS). En los hechos, Pekín, Londres y Washington promueven una misma visión colectivista, compatible con los elementos narrativos que mencionamos al principio. Esta visión fundamenta la reforma del escenario global en el principio de gestión conjunta de un planeta considerado en estado de crisis ambiental. El concepto de protección del « bien común », tan presente en las proyecciones narrativas de ambos campos, fundamenta la legitimidad de este orden. Las crisis se abordan precisamente como el medio privilegiado para imponer reglas desde arriba a la sociedad, lo que nos remite directamente a la gramática dialéctica. La reestructuración necesaria para avanzar hacia este orden recurre por un lado al conflicto, y por otro a modos de gobernanza y desarrollo que suponen un salto cualitativo en la intensidad del control y de su integración.
Existen entonces muchos indicios que llevan a creer que la Pax americana ya se había transformado en una Pax sino-anglo-americana haciendo fusionar las dos variantes de una misma proyección imperial. ¿No es hora de comprender este fenómeno en toda su profundidad y, para ello deshacernos de graves cegueras mentales?
Referencias bibliográficas
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- https://en.wikipedia.org/wiki/Patrick_Manson
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- Chart of the week: How US and China collaborate on AI despite rivalry: https://www.thenationalnews.com/future/technology/2025/01/28/china-us-ai-race-deepseek/
- Silicon Valley’s Other China Problem: It’s Training Their AI https://www.forbes.com/sites/annatong/2026/08/05/silicon-valleys-other-china-problem-its-training-their-ai/
- US House Select Committee on the Chinese Communist Party (2024). Ver en la bibliografía.






